FESTIVAL ALTERNATIVO DE TEATRO 2008 - COLOQUIO “UN CADÁVER PARA ARMAR”
MUSEO NACIONAL DE COLOMBIA
Es un duro tema el de la fragmentación corporal que ha soportado nuestro pueblo, por eso no prefiero abordarlo por el extremo de la denuncia, sino por el de las posibles salidas, que involucran tres aspectos que considero cruciales: 1) la defensa de lo político, 2) los problemas que nos plantea la memoria y 3) los efectos de renovación que el goce suplementario del sujeto, su goce femenino, tiene sobre el lazo social.
¿Por qué hay un Festival Alternativo de Teatro al tiempo que un Festival Iberoamericano en Bogotá? Esta pregunta obliga a hacer memoria y me permitirá hablar del cuerpo fragmentado y tocado por la muerte, pero no del hombre descuartizado, sino del cuerpo social programado. Creo que el Festival Iberoamericano apareció al final de la década de los ochenta, por el tiempo en que los cercos económicos desmantelaban al TPB y otros grupos considerados peligrosos por el estamento veían amenazada su supervivencia. Como testimonio, resta en la Candelaria lo que fuera hace unos años la bella sede del TPB. Creo que los más jóvenes deben saberlo, aunque esa historia no esté en textos, entre otras cosas porque en este país varios investigadores de la historia han debido pagar el rescate y la conservación de la memoria con su vida.
Quiero pues hablar de la importancia crucial de que exista un Festival Alternativo de Teatro en Bogotá, considero que su presencia en sí misma es un acto político y para argumentar esto tomo referencia de algunas elaboraciones de Jacques Rancière, quien se ha preguntado seriamente qué define el carácter político de las cosas en nuestro tiempo. En el fondo, veremos que hablaré indirectamente de lo que los psicoanalistas llamamos “orden fálico” u “orden del lenguaje” y de las formas organizadas de lo real inefable.
En cuanto a la subjetivación política, es frecuente hallar dos posturas antagónicas, a saber, los que se declaran apolíticos y los que dicen que todo es político; no obstante, si todo es político, nada lo es. Ninguna cosa es en sí misma política, si bien cualquier evento puede llegar a serlo, a condición de que ocurra un encuentro entre dos procesos heterogéneos, entre dos lógicas.
La primera de estas lógicas presupone el demos griego, el pueblo en general, que obliga a formular una hipotética igualdad entre las distintas partes de la sociedad; si bien el citado filósofo francés señala que los espíritus asentados tacharían de vacía esa suposición, pues la “igualdad rima con utopía, en tanto la desigualdad evoca la sana robustez de las cosas naturales” (1). Para que surja la dimensión política, esta lógica igualitaria deberá tropezar con la segunda lógica, esta vez de orden policial, que corre a cargo de esa instancia que fragmenta e instaura un orden fálico a la cual Rancière llama “policía”:
La policía es, en esencia la ley, generalmente implícita, que define la parte o la ausencia de parte de las partes. Pero para definir esto hace falta en primer lugar definir la configuración sensible en que se inscriben unas y otras. De este modo, la policía es primeramente un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos de hacer, los modos de ser y los modos de decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y de lo decible que hace que tal actividad sea visible y que tal otra no lo sea, que tal palabra sea entendida como perteneciente al discurso y que tal otra al ruido (2).
Aparece entonces un orden legitimado, el orden fálico, además de un suplemento que podría no existir. En nuestra configuración sensible esto correspondería a la existencia en Bogotá de un Festival Iberoamericano de Teatro para aquellos que pueden pagar el precio de las entradas, un festival comercialmente rentable, al servicio del entretenimiento, legitimado por estándares de calidad (como si el verdadero arte admitiera estándares).
Ahora bien, con una función de suplemento y no como “complemento”, aparece el otro festival, el Festival Alternativo de Teatro, que desplaza sus escenarios a los barrios marginales; que reúne artistas cuya palabra no está comprometida con los estándares de legitimación sino con la catarsis del dolor vivido; que se toma el trabajo de renovar los clásicos para desentrañar la esencia estructural de lo humano y desde allí exorcizar lo traumático de la realidad actual; un festival que no sólo reconoce, sino defiende y plantea con su presencia la utopía de una indispensable suposición de igualdad, para que la palabra del sector social de los que no tienen parte, no sea reducida al ruido…
Ayer, el maestro Fernando Duque explicaba el carácter experimental del teatro alternativo, la creación colectiva, decía que los actores escriben en el escenario con quinesis (recordemos que la memoria es también una escritura), mientras el maestro Carlos Satizábal relató cómo estos teatreros han orientado una verdadera reelaboración de las experiencias de lo real traumático, sufridas por poblaciones donde ha habido masacres en la costa atlántica colombiana. Este acto de presencia, este suplemento que podría no existir, da lugar al encuentro de lógicas heterogéneas, lo cual, en términos de Rancière, equivale a decir que este evento de teatro alternativo hace existir lo político, aporta el “plus”, el suplemento de la dimensión política, que tanto requiere este pueblo. Sí, la aparición del Festival Alternativo de Teatro además de hacer valer el arte dramático de provincia, hace existir lo político, actualiza la política en este tiempo y lugar que la niega.
La actividad política –dice Rancière— es la que desplaza un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido (3).
Nos queda claro entonces, que mediante diversos intentos de borramiento del desacuerdo por vía del exterminio, la historia de Colombia ha sido una continua negación de lo político, de allí que sea urgente reanimarlo con acciones que hagan valer la voz de los que no la tienen. No podemos más que disentir entonces con la promoción de las identificaciones, de slogans nacionalistas, como el reciente: “Colombia soy yo”, expresión de identidad feroz, que debe ser analizado para que no quede como uno de esos comandos inconscientes que animan la guerra.
Constituirse como un sujeto político exige desidentificarse, arrancarse a la naturalidad de los lugares asignados al cuerpo por los dictados policivos, abrir un espacio de sujeto donde cualquiera pueda contarse, porque el campo de la política es el espacio de una cuenta de los incontados, una vez puestas en relación una parte y una ausencia de parte. Pero, ¿qué se gana con reanimar el espíritu del litigio que, según Rancière, fundamenta lo político?
El orden policivo de los cuerpos marca la ciudad de Bogotá, eso es innegable, sus sectores norte y sur parecen de distintos mundos, si “mundo” fuese el artificio que designa una “totalidad de sentido”(4). Cierto rigor mortis mantiene la negación de una política, en la cual cada uno está asignado a una función y a un lugar, en un orden bien articulado y orientado a la producción; en torno a esta, cada uno adopta un sitio de confinamiento tanto para el cuerpo, como para el hacer, su decir y su goce. Tanto más si el goce puede ser homogenizado por telecomando (a cada celda llega la televisión), el orden social impone una realidad y su marcha automática expresa la pulsión de muerte, a la cual se opone la vida.
La segmentación de la organización social moderna crea un orden que se naturaliza, se petrifica, se adopta en acto sin pensar, entonces, sin saberlo cada ciudadano ejerce la lógica policiva, cree que su deber es hacer limpieza, asignar un lugar para cada cosa y poner cada cosa en su lugar, hasta el extremo de que prefiere exterminar al otro a admitir que debe haber, que es sano y requerido que exista el litigio, el desacuerdo, porque ese litigio y no otra cosa es el fundamento de lo político.
Además, lo que llamamos la homogenización, que en su carácter más mortífero es homogenización del goce corporal, procede de la creencia policiva, que hoy se apoya ante todo en una asignación correcta y “científica” del ser de goce, de lo que se puede y no se puede decir o hacer visible, o en su pendiente posmoderna, de la obligatoriedad de hacer visible lo íntimo, que es una forma totalizante que simula ser democrática y liberadora.
El hecho es que la ciencia y en particular la biología parasitan hoy el campo de las –mal llamadas– “ciencias humanas” (en realidad “ciencias de la conjetura”) como bioética, biosemiótica, biopolítica, etc., ejerciendo cada vez más la función hipnótica de una verdadera ideología, que incluye la suplantación del juicio crítico por argumentos de autoridad y la presunta neutralidad científica.
En el día de ayer, un colega médico se esforzaba por hacer creer a su auditorio que la creatividad del teatro o la metáfora pueden ser explicadas por el determinismo químico de “la mente”, término con el cual el afamado neurólogo Rodolfo Llinás descalifica al “mito del yo” reduciendo al sujeto histórico a no ser más que “una sucesión de estados funcionales del cerebro”. Interpelado por sus afirmaciones, aquel colega respondió al público que no importaba si no recordaba las referencias, porque (según sus palabras) “los médicos siempre hablamos de cosas comprobadas” por ejemplo –prosiguió–: “sólo gracias a una elevada concentración de testosterona (hormona masculina) el cerebro de una mujer podría adquirir aptitud para las matemáticas”.
¿Qué tal? De aceptar tal argumento, tendríamos que admitir que: las matemáticas son masculinas en virtud de la biología y que para asumir un pensamiento viril basta inocularse testosterona. Este tipo de interpretaciones son inquietantes, pues si la legitimidad científica determina así el pensamiento académico, cultural y social, entonces… ¿para qué ocuparnos de las responsabilidades, del sentido de la historia, de la creación o de la ética en la política?
La confirmación de la asociación testosterona/matemáticas no sólo es falsa y gratuita, sino prueba la superchería o el “sexismo biológico” posmodernos. Y es que todo andamiaje discursivo se sostiene gracias a una elección, una preferencia, un goce o un confort subyacente a las operaciones mismas, que arman ese cuerpo que llamamos mundo o realidad, gracias a una ficción difícil de desarticular pero transformable, que se organiza por obra de esa batería de significantes que es la lengua, la cual que nunca tuvo tanta potencia de segmentación como apoyada en la ciencia moderna. Ese gran poder está en la capacidad de dar confort y contento a la gran masa, y aún si no colma de inmediato a todos, promete para algún futuro ese goce que enceguece y ensordece ante la crítica, con lo cual mantiene viva en cada uno su pendiente mortífera.
Dicho de otro modo, el goce mortífero está en la comodidad, en lo que nadie objeta del poder programador del significante. Es por la programación vigente que la ciudad está diseñada para que nadie pueda hacer absolutamente nada.
Si nuestro tiempo estuviera ordenado de antemano tendríamos un destino funcional y en ese instante, somos ya cadáver. Por eso cualquier orden que no considere posible reescribirse es contrario a lo político. Para que la renovación sea posible es preciso entonces que el orden fálico tenga límites, atender a lo vivo que vibra en los intersticios de silencio. Si bien hay un goce mortífero, también está la experiencia creativa del ser que no tiene nombre, que se resiste a ser capturado por el significante. Creo pues crucial objetar el orden sistemático, científico, fálico que todo el mundo aplaude y al que incluso las mujeres estarían dispuestas a sacrificarle su propio goce misterioso. Lo creo crucial en tanto no hay que soslayar el carácter mortífero que comporta la organización al milímetro de la vida cotidiana, al servicio de la exigencia de infinitud de la potencia fálica. Medir, pesar todo y reducir lo vivo a la letra anuncia el goce el exceso ruinoso que Freud llamó pulsión de muerte. Por eso, en sus advertencias a la medicina, Lacan señaló que la ciencia sabe lo que puede, pero no sabe qué quiere ni qué debe(5).
Seguridad, orden, limpieza y tranquilidad ciudadana, son los argumentos del mismo ideal social que fue capaz de industrializar la muerte, de descuartizar al pueblo, en tanto la legalidad nazi instituyó una nueva concepción moral utilitaria según la cual su solución final (algo así como el furor sanandi del cual Freud quería apartarse), sería que algunos deben ser exterminados en pro de un beneficio máximo para el pueblo legítimo. Según esa moral, el goce no alcanzaría para la humanidad en su conjunto, por eso, en su programación organizada, el genocidio cobra sentido. Antecedentes como los de las dictaduras del cono sur, masacres en Colombia y Centroamérica, nos muestran que Latinoamérica se encuentra ideológicamente integrada al proyecto estético y “civilizador” de redención del (Volk alemán) Pueblo legitimado y con mayúsculas, a costa del pueblo raso, tal como lo señala Agamben en sus análisis de la pendiente biopolítica moderna(6). Entonces, ¿de dónde sale esa loca distorsión de una hipótesis igualitaria que funde la política? Rancière lo explica desde la atribución de libertad al demos ateniense.
El pueblo no es otra cosa que la masa indiferenciada de quienes no tienen ningún título positivo –ni riqueza, ni virtud- pero que, no obstante, ven que se les reconoce la misma libertad que a quienes los poseen. Las gentes del pueblo son simplemente libres como los otros. Ahora bien, hacen un título específico de esta simple identidad con quienes, por otra parte, son en todos superiores a ellas. El demos se atribuye como parte propia la igualdad que pertenece a todos los ciudadanos. […] El pueblo no es una clase entre otras. Es la clase de la distorsión que perjudica a la comunidad y la instituye como ‘comunidad’ de lo justo y de lo injusto (7).
¡Vean ustedes con quienes se alía y de quién es complice el Festival Alternativo de teatro!
Finalmente,
‘Un cadáver para armar’ habla de un organismo membra disyecta, y de la muerte, dos condiciones imposibles de concebir por la conciencia y ejemplos de lo que Freud llamó Unbewusste (traducido inconsciente) literalmente in-sabido, inefable, insimbolizable, en tanto nadie tiene justas palabras para hablar de la muerte ni del desmembramiento. Pero, siempre hay alguien que interroga qué sentido tiene eso, las violaciones o cualquier forma de goce, del cual Lacan decía “va de las cosquillas a la parrilla”. Al respecto, el psicoanálisis es desilusionante, su vocación no es dar sentido ni instaurar personas normales.
Más que el sentido a esa fragmentación corporal hay que interrogar lo mortífero en la historia de un sujeto concreto o la de un colectivo, es decir, la repetición acéfala, automática e incontenible, que congela los mismos hechos repetidos por otros sujetos. ¿Qué borra la memoria, cómo es la amnesia?
Pero además, es preciso hablar de la forma de participación del cuerpo, en la histeria aparece troceado, reordenado, desperdigado y torturado por una versión histórica, el síntoma conversivo presenta otra forma de habitar el cuerpo, en la cual ni la anatomía ni la biología tienen injerencia. Esa forma de existencia más ligada a lo teatral, es dramática, instaurada en otra escena como dice Freud al hablar de lo inconsciente e implica un saber in-sabido pues no todo lo vivido puede ser tramitado con palabras, el cuerpo también tiene huellas que luego presenta y actúa.
Para prevenir que esas actuaciones reediten lo atroz en la generación siguiente, la rememoración y la elaboración simbólica de estos hechos adquieren un carácter tan urgente, ojalá por la vía del arte y la creación, que pueden instaurar una buena forma de repetición.
Freud aborda el problema del olvido como un asunto a descifrar, en su artículo Psicopatología de la vida cotidiana, de 1901; el ejercicio le permitió afirmar su descubrimiento de que los sueños, los actos fallidos, el olvido, los chistes y las equivocaciones tienen sentido; sus demostraciones de entonces corrían a cargo de la combinatoria significante. En 1914, Freud escribe Recordar, repetir, reelaborar, donde subraya una forma de participación corporal: la repetición. Este segundo texto retoma el tema con un interés ubicado en las antípodas del desciframiento del primero, subrayando que los signos circundan como satélites el núcleo de un desgarramiento, de una experiencia inefable, traumática.
Freud se refiere aquí al olvido en otros términos, expone el retorno de “algo que no pudo ser olvidado porque jamás se lo advirtió”. Así, lo que se denomina “olvido” sería más bien disolución de nexos entre acontecimientos, desconocimiento de sus consecuencias y aislamiento de los recuerdos. Semejante fragmentación de la memoria, explica la inactivación de los contenidos, que Freud llama “reprimidos”, huelga decir que al romper los lazos asociativos, estos contenidos de memoria quedan fuera del alcance de la rememoración. El aislamiento les impide participar en los juicios y determinaciones del sujeto como lo haría cualquier otro contenido de memoria que sí esté disponible.
Debido a lo anterior, lo reprimido no se recuerda, se actúa, se lo repite como acción, pero sin saber. Estas observaciones definen al inconsciente como un saber imposible de reconocer, un saber ignorado o saber que no se sabe a sí mismo. Pero, la experiencia siempre deja huellas en el cuerpo, la memoria marca, si bien hay diversas maneras de registro. En ocasiones el evento vivido no puede ser integrado a la lógica simbólica, es decir, no es susceptible de traducción a palabras como sucede con la muerte o cualquier evento excesivamente doloroso, entonces las marcas se inscriben pero persisten ignoradas, lo vivido es pasado por alto en la formulación de juicios, es inadvertido para la conciencia. Sin embargo, cada reactivación de la huella desembocará en su repetición, en actuación o presentación compulsiva del evento, pues las marcas de experiencia impensadas, jamás reflexionadas ni subjetivadas, no logran ser olvidadas ni metaforizadas. Esto quiere decir que existe una proporción inversa entre el grado de elaboración del hecho traumático, y su riesgo de ser repetido en acto, con idéntica carga emocional que cuando se vivió pasivamente, en tanto hay un mecanismo psíquico que induce que la actuación sustituya la conciencia.
De este modo se comprende bien la enorme proclividad que existe de pasar de la condición de víctima a la de victimario, cuando se ha estado expuesto a un evento que fue insimbolizable en su ocurrencia, cuando se ha vivido algo fuertemente traumático, en la ocasión masacres y suplicios atroces. Y se comprende también la urgencia de tramitar estas irrupciones de lo real que no ceden a ansiolíticos ni mejoran con hipnóticos.
Tal tarea requiere dispositivos que operen sobre lo inconsciente, aunque no hay muchos; además, a aquellos que sirven siempre se les cierran las puertas, pues requieren tiempo son poco dóciles. La clínica psicoanalítica, por ejemplo, asusta porque compromete tanto como responsabiliza. De todos modos servirá todo recurso que haga reconocer los límites del orden fálico, es decir, aquello que dé paso a la pendiente vital del goce y no a la mortífera, esto es lo femenino del sujeto cualquiera que sea su anatomía.
La actividad que por excelencia da prioridad al reconocimiento de la experiencia del goce femenino es la actividad creativa. No lo profesional del arte, pues también el arte ha entrado en la dinámica fálica de legitimarse como saber comercial. Lo femenino no está en el polo del saber ni del lenguaje sino de la alteridad del ser, su singularidad, por tanto inédita y creativa. Pues la novedad no ocurre en el orden establecido sino es sus intersticios, lo nuevo sólo aparece a condición de admitir los límites del lenguaje, en el silencio fecundo que instaura la certeza de que no hay palabras que digan el propio ser y que esa dificultad, la única condición democrática entre todos los hablantes. obliga a inventar.
El lenguaje, incapaz de decir el ser, nos hace iguales. Es la superación de esa igualdad, la propia rareza o síntoma lo diferente, capaz de renovar el lazo social. En efecto, no hay palabras que digan la identidad, ni qué es hombre, niña, indio o judío, aún así, de la experiencia, de la alteridad del cuerpo revierte lo inédito: un decir poético, gratuito y suplementario, totalmente prescindible pero renovador de todo lo dicho.
Se requiere pues mucha saliva, energía cinética, escenarios y que corra mucha , pero mucha tinta, para que en este país deje de correr tanta sangre.
Notas
(1) Rancière, J. (1996) “El comienzo de la política”, en El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, p. 50.
Marzo 14 de 2008