Serendipia

Arte, sujeto del inconsciente y vida planetaria

Archive for abril, 2009

Es allí a donde voy

Posted by serendipia on 22nd abril 2009

Clarice Lispector: escritora brasilera nacida en Ucrania

Clarice Lispector: escritora brasilera nacida en Ucrania

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde esta tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

-Clarice Lispector

Posted in Vena tinta | 3 Comments »

Torpeza

Posted by serendipia on 14th abril 2009

Tuve la sensación del acontecimiento oyendo al hombre relatar su vida de comprometido político, de líder, de analista de esta intrincada historia de final de siglo, pero sobre todo de enamoradizo y mujeriego. Era excitante oírle pasar del tema de lo social a las confesiones íntimas, del análisis de la miseria a lo exultante de la experiencia erótica. Hablaba como un poeta de las desgarraduras más recientes y, a la vez, como un portentoso dinosaurio, lúcido padre, afanado por prestarle voz a los pequeños y confeso escrutador del mundo femenino.

Su palabra portaba un cierto solaz y una inquietud, la sentí tallar un relieve en mí, como una gubia. Lo odié por hablar de sus mujeres en plural, lo adoré por transportarme a su mundo misterioso y diverso. Con sus seis décadas había acuñado el coraje suficiente para hablar, escribir, pintar y vivir en el peligro de perderlo todo.

Cuando terminó la conferencia, no supe si acercarme a estrechar su mano y pedirle que firmara mi libro, como hacían los otros. Como la duda fuera mayor a mi deseo, finalmente, pensé que algún otro día, tal vez, tendría ocasión de hablarle.

Dos meses después, estaba yo en un almacén cuando le vi mientras pagaba en una caja unos paquetes de comida congelada. Dejé las demás compras que había planeado hacer y me ubiqué tras él en la fila esperando que me viera. Me pareció un hombre solitario, como cualquier otro, resignado a elegir aquello que el consumo provee a los hombres cuando huyen de la empalagosa devoción del soporte culinario femenino.

Al primer cruce con su mirada sonreí y saludé:

–Buenas tardes, maestro–. Él devolvió el saludo de manera cálida, pero se retiró enseguida y yo no me decidí a forzar ningún acercamiento. Luego, regresé muchas veces al mismo lugar sin encontrarlo de nuevo.

Continué mi aspiración fallida de contar historias, confiando en que la disciplina alcanzaría para mí lo que no lograba mi talento. Tenía en mi haber una serie de recuerdos de los que estaba empeñada en deshacerme y me proponía obtener con las letras lo que en otro tiempo me prodigara la pintura, cuando el lienzo tomaba lo que no era capaz de soportar mi pecho. Sin embargo, aquellos personajes de mis historias se resistían a abandonar el cómodo umbral de mi emoción, donde podían repetir y agigantar hazañas sólo para mí valerosas y cruciales. Una proliferación de sentido y razones demostrables desfilaban por mis pesadillas, pero cuando les daba cita en una hoja de papel parecían trivialidades, fábulas crípticas o moralejas infantiles.

Recurrí a la escritura automática y, entonces, nada concluía. Estudié teoría de la narración y mis ejercicios se tornaron engominados y carentes de vida. Me entregué a la lectura de los clásicos y al contrastar mis textos, me vi desesperar frente a la evidencia de un léxico pobre, nula fantasía y una sintaxis propia de la escuela básica. Empecé a desistir de mis intentos, pues a pesar de repetirme el adagio de que la práctica hace al maestro, sabía también que muchos prácticos no llegan a maestros y me horrorizaba trabajar tanto, para convertirme en una especie de Edwood de la literatura.

Una tarde, harta de fracasos, entré a una cafetería de barrio y pedí una infusión para calentarme. Observé cómo los clientes en sus mesas compartían con otros el contacto del que yo me privaba por entregarme a la escritura. Vi en una mesa a un hombre solo. Era él. Sentado frente a una taza de café, tomaba notas. Sin pensarlo, me acerqué para solicitarle que me permitiera acompañarlo. Él asintió no de muy buena gana y bajo la presión de su expectativa improvisé una charla un tanto embarazosa sobre el interés que me producía su obra.

–Quiere escribir, ¿verdad? –me dijo secamente–.

–Sí, me gustaría –murmuré aliviada–, pero me ha resultado más difícil de lo que yo pensaba. Además, la jornada de trabajo me impide adquirir la disciplina.

Me miró como esperando que le aclarara de una vez lo que pretendía al irrumpir en su espacio y robarle su tiempo. Le expliqué que deseaba conocerle y que imaginaba que bajo su influencia podría aprender a corregir mis errores u obtendría la fuerza para abandonar, si podía convencerme de que mi torpeza no tenía remedio.

–Venga a mi casa un día y traiga consigo ese trabajo que dice haber hecho.

Tomé su dirección y acordamos una fecha para un nuevo encuentro.

Llegué puntual el día de la cita. Un hombre joven me abrió y me indicó un lugar contiguo al salón donde él se encontraba reunido con otras personas. Por lo que oí se referían a asuntos políticos de una provincia del Valle del Cauca y aunque él me había visto entrar, no parecía contar ni con el tiempo, ni con la disponibilidad para atenderme. Invadida por una sensación de franca estupidez aguardé con mi carpeta de balbuceos prosaicos sobre las rodillas, hasta concluir que interrumpía una tarea comprometida. Luego de un rato, me levanté y entré en el salón donde esperé con discreción una ocasión para anunciarle que mejor volvería después. Cuando por fin logré comunicárselo, se volvió hacia mí. Lucía airado.

–¡Ah, eso faltaba! Ahí tiene usted su gran deseo. Adelante, no voy a detenerla, no parece usted comprender absolutamente nada.

Y dirigiéndose a la puerta de salida, descorrió el picaporte y me ofreció la calle. Al alcanzarla sentí la ráfaga de una vergüenza helada y el portazo a mi espalda me dio el impulso de regresar para no quedarme con la ofensa, pero… ¿qué podría decirle?

Al día siguiente, antes de las seis de la mañana, sonó el teléfono y su voz me saludó al otro lado de la línea. Estaba aún somnolienta y antes de que pudiera reponerme, me despertó el tono de colgado, sobre el cual tomé nota retroactiva de las frases que acababa de escuchar: “Encontré su número en el directorio y pensé que podría modificarse la brusca despedida de ayer. La espero ahora, a las ocho. Yo me ocuparé del desayuno”.

Cuando timbré, él mismo abrió la puerta y me dirigió una sonrisa un tanto socarrona. Seguimos a un estudio enmarcado por una vasta biblioteca y me indicó que me sentara; junto a la silla, había una mesita auxiliar con una taza y una cesta con tostadas y pan. Trajo enseguida una pequeña cafetera y me aseguró que el incidente del día anterior no modificaba en nada nuestro pacto.

Tomó asiento. Pensé que era el momento de hablarle de mis textos y le extendí la carpeta que llevaba conmigo. La tomó, se caló con calma las gafas que colgaban de su cuello, enseguida comenzó a pasar las hojas y sin detenerse en ellas, opinó que sería cosa de darse un tiempo para examinarlas; luego depositó el legajador sobre otros que tenía en el escritorio y preguntó qué estaría yo dispuesta a hacer para aprender a escribir. Le dije que era tozuda en mi trabajo, que tenía una firme afición por la lectura y una regular capacidad para estar sola. Mientras masticaba, asintió con la cabeza y con un sonido gutural; luego quiso saber sobre el tema de mi interés para tratarlo.

–Supongo que… la libertad –propuse, y la elección me sorprendió un poco a mí misma–.

Me miró por encima de las gafas, se inclinó un poco y suspendió todo movimiento, como si mi respuesta capturara su atención en algo. Dirigió la mirada al frente y tragó el trozo de pan que guardaba en la boca. Hizo una pausa, masculló entre dientes, se pasó la mano por la cara, como para retirar de ella una telaraña y luego dejó apoyada la barbilla un instante antes de apuntarme una vez más.

–¿Qué razones le hacen creer que podría saber algo sobre la libertad?

Algo inaudito debió atravesarme. Sólo sé que ninguna idea vino a socorrerme y que abrí la boca para forzar la salida de una palabra, pero no había ninguna dentro de ella. Un fogaje de calor encendió en rojo mi rostro y antes de exponerme a una mayor vergüenza, me puse en pie y le pregunté:

–¿Puede usted indicarme dónde se encuentra el baño?

–La puerta de la izquierda –dijo mirándome siempre sobre el marco de sus lentes.

Mis ojos estaban ya anegados cuando logré encerrarme y entonces un llanto tan desenfrenado como inexplicable me sacudió sin tregua y sin oportunidad ninguna para domesticarlo. Al cabo de afanosos intentos por recuperar la calma, tal como se había presentado la explosión, las lágrimas cesaron y me sentí desamparada. Intenté borrar las huellas del estrago en mi rostro y volví al salón donde él aguardaba. Creo que mi voz debió sonar como siempre, y sin embargo, al oírla me pareció que provenía de una instancia cibernética.

–Excúseme, por favor, he tenido un mal día –le rogué mientras tomaba mi bolso y mi carpeta–.

–Todos tenemos días así –contestó él, sin moverse de su silla–.

Me despedí, le di las gracias, le llamé maestro y no volví jamás a verle ni a pretender decir nada sobre la libertad… Hasta hoy cuando vi su fotografía y leí su obituario en el diario matinal y comprendí cuán dura podía ser la última lección que pudo darme.

Junio 6 de 2001

Posted in Vena tinta | No Comments »

SEGMENTACIÓN DEL CUERPO SOCIAL

Posted by serendipia on 8th abril 2009

FESTIVAL ALTERNATIVO DE TEATRO 2008 - COLOQUIO “UN CADÁVER PARA ARMAR”

MUSEO NACIONAL DE COLOMBIA

Es un duro tema el de la fragmentación corporal que ha soportado nuestro pueblo, por eso no prefiero abordarlo por el extremo de la denuncia, sino por el de las posibles salidas, que involucran tres aspectos que considero cruciales: 1) la defensa de lo político, 2) los problemas que nos plantea la memoria y 3) los efectos de renovación que el goce suplementario del sujeto, su goce femenino, tiene sobre el lazo social.

¿Por qué hay un Festival Alternativo de Teatro al tiempo que un Festival Iberoamericano en Bogotá? Esta pregunta obliga a hacer memoria y me permitirá hablar del cuerpo fragmentado y tocado por la muerte, pero no del hombre descuartizado, sino del cuerpo social programado. Creo que el Festival Iberoamericano apareció al final de la década de los ochenta, por el tiempo en que los cercos económicos desmantelaban al TPB y otros grupos considerados peligrosos por el estamento veían amenazada su supervivencia. Como testimonio, resta en la Candelaria lo que fuera hace unos años la bella sede del TPB. Creo que los más jóvenes deben saberlo, aunque esa historia no esté en textos, entre otras cosas porque en este país varios investigadores de la historia han debido pagar el rescate y la conservación de la memoria con su vida.

Quiero pues hablar de la importancia crucial de que exista un Festival Alternativo de Teatro en Bogotá, considero que su presencia en sí misma es un acto político y para argumentar esto tomo referencia de algunas elaboraciones de Jacques Rancière, quien se ha preguntado seriamente qué define el carácter político de las cosas en nuestro tiempo. En el fondo, veremos que hablaré indirectamente de lo que los psicoanalistas llamamos “orden fálico” u “orden del lenguaje” y de las formas organizadas de lo real inefable.

En cuanto a la subjetivación política, es frecuente hallar dos posturas antagónicas, a saber, los que se declaran apolíticos y los que dicen que todo es político; no obstante, si todo es político, nada lo es. Ninguna cosa es en sí misma política, si bien cualquier evento puede llegar a serlo, a condición de que ocurra un encuentro entre dos procesos heterogéneos, entre dos lógicas.

La primera de estas lógicas presupone el demos griego, el pueblo en general, que obliga a formular una hipotética igualdad entre las distintas partes de la sociedad; si bien el citado filósofo francés señala que los espíritus asentados tacharían de vacía esa suposición, pues la “igualdad rima con utopía, en tanto la desigualdad evoca la sana robustez de las cosas naturales” (1). Para que surja la dimensión política, esta lógica igualitaria deberá tropezar con la segunda lógica, esta vez de orden policial, que corre a cargo de esa instancia que fragmenta e instaura un orden fálico a la cual Rancière llama “policía”:

La policía es, en esencia la ley, generalmente implícita, que define la parte o la ausencia de parte de las partes. Pero para definir esto hace falta en primer lugar definir la configuración sensible en que se inscriben unas y otras. De este modo, la policía es primeramente un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos de hacer, los modos de ser y los modos de decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y de lo decible que hace que tal actividad sea visible y que tal otra no lo sea, que tal palabra sea entendida como perteneciente al discurso y que tal otra al ruido (2).

Aparece entonces un orden legitimado, el orden fálico, además de un suplemento que podría no existir. En nuestra configuración sensible esto correspondería a la existencia en Bogotá de un Festival Iberoamericano de Teatro para aquellos que pueden pagar el precio de las entradas, un festival comercialmente rentable, al servicio del entretenimiento, legitimado por estándares de calidad (como si el verdadero arte admitiera estándares).

Ahora bien, con una función de suplemento y no como “complemento”, aparece el otro festival, el Festival Alternativo de Teatro, que desplaza sus escenarios a los barrios marginales; que reúne artistas cuya palabra no está comprometida con los estándares de legitimación sino con la catarsis del dolor vivido; que se toma el trabajo de renovar los clásicos para desentrañar la esencia estructural de lo humano y desde allí exorcizar lo traumático de la realidad actual; un festival que no sólo reconoce, sino defiende y plantea con su presencia la utopía de una indispensable suposición de igualdad, para que la palabra del sector social de los que no tienen parte, no sea reducida al ruido…

Ayer, el maestro Fernando Duque explicaba el carácter experimental del teatro alternativo, la creación colectiva, decía que los actores escriben en el escenario con quinesis (recordemos que la memoria es también una escritura), mientras el maestro Carlos Satizábal relató cómo estos teatreros han orientado una verdadera reelaboración de las experiencias de lo real traumático, sufridas por poblaciones donde ha habido masacres en la costa atlántica colombiana. Este acto de presencia, este suplemento que podría no existir, da lugar al encuentro de lógicas heterogéneas, lo cual, en términos de Rancière, equivale a decir que este evento de teatro alternativo hace existir lo político, aporta el “plus”, el suplemento de la dimensión política, que tanto requiere este pueblo. Sí, la aparición del Festival Alternativo de Teatro además de hacer valer el arte dramático de provincia, hace existir lo político, actualiza la política en este tiempo y lugar que la niega.

La actividad política –dice Rancière— es la que desplaza un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido (3).

Nos queda claro entonces, que mediante diversos intentos de borramiento del desacuerdo por vía del exterminio, la historia de Colombia ha sido una continua negación de lo político, de allí que sea urgente reanimarlo con acciones que hagan valer la voz de los que no la tienen. No podemos más que disentir entonces con la promoción de las identificaciones, de slogans nacionalistas, como el reciente: “Colombia soy yo”, expresión de identidad feroz, que debe ser analizado para que no quede como uno de esos comandos inconscientes que animan la guerra.

Constituirse como un sujeto político exige desidentificarse, arrancarse a la naturalidad de los lugares asignados al cuerpo por los dictados policivos, abrir un espacio de sujeto donde cualquiera pueda contarse, porque el campo de la política es el espacio de una cuenta de los incontados, una vez puestas en relación una parte y una ausencia de parte. Pero, ¿qué se gana con reanimar el espíritu del litigio que, según Rancière, fundamenta lo político?

El orden policivo de los cuerpos marca la ciudad de Bogotá, eso es innegable, sus sectores norte y sur parecen de distintos mundos, si “mundo” fuese el artificio que designa una “totalidad de sentido”(4). Cierto rigor mortis mantiene la negación de una política, en la cual cada uno está asignado a una función y a un lugar, en un orden bien articulado y orientado a la producción; en torno a esta,  cada uno adopta un sitio de confinamiento tanto para el cuerpo, como para el hacer, su decir y su goce. Tanto más si el goce puede ser homogenizado por telecomando (a cada celda llega la televisión), el orden social impone una realidad y su marcha automática expresa la pulsión de muerte, a la cual se opone la vida.

La segmentación de la organización social moderna crea un orden que se naturaliza, se petrifica, se adopta en acto sin pensar, entonces, sin saberlo cada ciudadano ejerce la lógica policiva, cree que su deber es hacer limpieza, asignar un lugar para cada cosa y poner cada cosa en su lugar, hasta el extremo de que prefiere exterminar al otro a admitir que debe haber, que es sano y requerido que exista el litigio, el desacuerdo, porque ese litigio y no otra cosa es el fundamento de lo político.

Además, lo que llamamos la homogenización, que en su carácter más mortífero es homogenización del goce corporal, procede de la creencia policiva, que hoy se apoya ante todo en una asignación correcta y “científica” del ser de goce, de lo que se puede y no se puede decir o hacer visible, o en su pendiente posmoderna, de la obligatoriedad de hacer visible lo íntimo, que es una forma totalizante que simula ser democrática y liberadora.

El hecho es que la ciencia y en particular la biología parasitan hoy el campo de las –mal llamadas– “ciencias humanas” (en realidad “ciencias de la conjetura”) como bioética, biosemiótica, biopolítica, etc., ejerciendo cada vez más la función hipnótica de una verdadera ideología, que incluye la suplantación del juicio crítico por argumentos de autoridad y la presunta neutralidad científica.

En el día de ayer, un colega médico se esforzaba por hacer creer a su auditorio que la creatividad del teatro o la metáfora pueden ser explicadas por el determinismo químico de “la mente”, término con el cual el afamado neurólogo Rodolfo Llinás descalifica al “mito del yo” reduciendo al sujeto histórico a no ser más que “una sucesión de estados funcionales del cerebro”. Interpelado por sus afirmaciones, aquel colega respondió al público que no importaba si no recordaba las referencias, porque (según sus palabras) “los médicos siempre hablamos de cosas comprobadas” por ejemplo –prosiguió–: “sólo gracias a una elevada concentración de testosterona (hormona masculina) el cerebro de una mujer podría adquirir aptitud para las matemáticas”.

¿Qué tal? De aceptar tal argumento, tendríamos que admitir que: las matemáticas son masculinas en virtud de la biología y que para asumir un pensamiento viril basta inocularse testosterona. Este tipo de interpretaciones son inquietantes, pues si la legitimidad científica determina así el pensamiento académico, cultural y social, entonces… ¿para qué ocuparnos de las responsabilidades, del sentido de la historia, de la creación o de la ética en la política?

La confirmación de la asociación testosterona/matemáticas no sólo es falsa y gratuita, sino prueba la superchería o el “sexismo biológico” posmodernos. Y es que todo andamiaje discursivo se sostiene gracias a una elección, una preferencia, un goce o un confort subyacente a las operaciones mismas, que arman ese cuerpo que llamamos mundo o realidad, gracias a una ficción difícil de desarticular pero transformable, que se organiza por obra de esa batería de significantes que es la lengua, la cual que nunca tuvo tanta potencia de segmentación como apoyada en la ciencia moderna. Ese gran poder está en la capacidad de dar confort y contento a la gran masa, y aún si no colma de inmediato a todos, promete para algún futuro ese goce que enceguece y ensordece ante la crítica, con lo cual mantiene viva en cada uno su pendiente mortífera.

Dicho de otro modo, el goce mortífero está en la comodidad, en lo que nadie objeta del poder programador del significante. Es por la programación vigente que la ciudad está diseñada para que nadie pueda hacer absolutamente nada.

Si nuestro tiempo estuviera ordenado de antemano tendríamos un destino funcional y en ese instante, somos ya cadáver. Por eso cualquier orden que no considere posible reescribirse es contrario a lo político. Para que la renovación sea posible es preciso entonces que el orden fálico tenga límites, atender a lo vivo que vibra en los intersticios de silencio. Si bien hay un goce mortífero, también está la experiencia creativa del ser que no tiene nombre, que se resiste a ser capturado por el significante. Creo pues crucial objetar el orden sistemático, científico, fálico que todo el mundo aplaude y al que incluso las mujeres estarían dispuestas a sacrificarle su propio goce misterioso. Lo creo crucial en tanto no hay que soslayar el carácter mortífero que comporta la organización al milímetro de la vida cotidiana, al servicio de la exigencia de infinitud de la potencia fálica. Medir, pesar todo y reducir lo vivo a la letra anuncia el goce el exceso ruinoso que Freud llamó pulsión de muerte. Por eso, en sus advertencias a la medicina, Lacan señaló que la ciencia sabe lo que puede, pero no sabe qué quiere ni qué debe(5).

Seguridad, orden, limpieza y tranquilidad ciudadana, son los argumentos del mismo ideal social que fue capaz de industrializar la muerte, de descuartizar al pueblo, en tanto la legalidad nazi instituyó una nueva concepción moral utilitaria según la cual su solución final (algo así como el furor sanandi del cual Freud quería apartarse), sería que algunos deben ser exterminados en pro de un beneficio máximo para el pueblo legítimo. Según esa moral, el goce no alcanzaría para la humanidad en su conjunto, por eso, en su programación organizada, el genocidio cobra sentido. Antecedentes como los de las dictaduras del cono sur, masacres en Colombia y Centroamérica, nos muestran que Latinoamérica se encuentra ideológicamente integrada al proyecto estético y “civilizador” de redención del (Volk alemán) Pueblo legitimado y con mayúsculas, a costa del pueblo raso, tal como lo señala Agamben en sus análisis de la pendiente biopolítica moderna (6). Entonces, ¿de dónde sale esa loca distorsión de una hipótesis igualitaria que funde la política? Rancière lo explica desde la atribución de libertad al demos ateniense.

El pueblo no es otra cosa que la masa indiferenciada de quienes no tienen ningún título positivo –ni riqueza, ni virtud- pero que, no obstante, ven que se les reconoce la misma libertad que a quienes los poseen. Las gentes del pueblo son simplemente libres como los otros. Ahora bien, hacen un título específico de esta simple identidad con quienes, por otra parte, son en todos superiores a ellas. El demos se atribuye como parte propia la igualdad que pertenece a todos los ciudadanos. […] El pueblo no es una clase entre otras. Es la clase de la distorsión que perjudica a la comunidad y la instituye como ‘comunidad’ de lo justo y de lo injusto (7).

¡Vean ustedes con quienes se alía y de quién es complice el Festival Alternativo de teatro!

Finalmente,

‘Un cadáver para armar’ habla de un organismo membra disyecta, y de la muerte, dos condiciones imposibles de concebir por la conciencia y ejemplos de lo que Freud llamó Unbewusste (traducido inconsciente) literalmente in-sabido, inefable, insimbolizable, en tanto nadie tiene justas palabras para hablar de la muerte ni del desmembramiento. Pero, siempre hay alguien que interroga qué sentido tiene eso, las violaciones o cualquier forma de goce, del cual Lacan decía “va de las cosquillas a la parrilla”. Al respecto, el psicoanálisis es desilusionante, su vocación no es dar sentido ni instaurar personas normales.

Más que el sentido a esa fragmentación corporal hay que interrogar lo mortífero en la historia de un sujeto concreto o la de un colectivo, es decir, la repetición acéfala, automática e incontenible, que congela los mismos hechos repetidos por otros sujetos. ¿Qué borra la memoria, cómo es la amnesia?

Pero además, es preciso hablar de la forma de participación del cuerpo, en la histeria aparece troceado, reordenado, desperdigado y torturado por una versión histórica, el síntoma conversivo presenta otra forma de habitar el cuerpo, en la cual ni la anatomía ni la biología tienen injerencia. Esa forma de existencia más ligada a lo teatral, es dramática, instaurada en otra escena como dice Freud al hablar de lo inconsciente e implica un saber in-sabido pues no todo lo vivido puede ser tramitado con palabras, el cuerpo también tiene huellas que luego presenta y actúa.

Para prevenir que esas actuaciones reediten lo atroz en la generación siguiente, la rememoración y la elaboración simbólica de estos hechos adquieren un carácter tan urgente, ojalá por la vía del arte y la creación, que pueden instaurar una buena forma de repetición.

Freud aborda el problema del olvido como un asunto a descifrar, en su artículo Psicopatología de la vida cotidiana, de 1901; el ejercicio le permitió afirmar su descubrimiento de que los sueños, los actos fallidos, el olvido, los chistes y las equivocaciones tienen sentido; sus demostraciones de entonces corrían a cargo de la combinatoria significante. En 1914, Freud escribe Recordar, repetir, reelaborar, donde subraya una forma de participación corporal: la repetición. Este segundo texto retoma el tema con un interés ubicado en las antípodas del desciframiento del primero, subrayando que los signos circundan como satélites el núcleo de un desgarramiento, de una experiencia inefable, traumática.

Freud se refiere aquí al olvido en otros términos, expone el retorno de “algo que no pudo ser olvidado porque jamás se lo advirtió”. Así, lo que se denomina “olvido” sería más bien disolución de nexos entre acontecimientos, desconocimiento de sus consecuencias y aislamiento de los recuerdos. Semejante fragmentación de la memoria, explica la inactivación de los contenidos, que Freud llama “reprimidos”, huelga decir que al romper los lazos asociativos, estos contenidos de memoria quedan fuera del alcance de la rememoración. El aislamiento les impide participar en los juicios y determinaciones del sujeto como lo haría cualquier otro contenido de memoria que sí esté disponible.

Debido a lo anterior, lo reprimido no se recuerda, se actúa, se lo repite como acción, pero sin saber. Estas observaciones definen al inconsciente como un saber imposible de reconocer, un saber ignorado o saber que no se sabe a sí mismo. Pero, la experiencia siempre deja huellas en el cuerpo, la memoria marca, si bien hay diversas maneras de registro. En ocasiones el evento vivido no puede ser integrado a la lógica simbólica, es decir, no es susceptible de traducción a palabras como sucede con la muerte o cualquier evento excesivamente doloroso, entonces las marcas se inscriben pero persisten ignoradas, lo vivido es pasado por alto en la formulación de juicios, es inadvertido para la conciencia. Sin embargo, cada reactivación de la huella desembocará en su repetición, en actuación o presentación compulsiva del evento, pues las marcas de experiencia impensadas, jamás reflexionadas ni subjetivadas, no logran ser olvidadas ni metaforizadas. Esto quiere decir que existe una proporción inversa entre el grado de elaboración del hecho traumático, y su riesgo de ser repetido en acto, con idéntica carga emocional que cuando se vivió pasivamente, en tanto hay un mecanismo psíquico que induce que la actuación sustituya la conciencia.

De este modo se comprende bien la enorme proclividad que existe de pasar de la condición de víctima a la de victimario, cuando se ha estado expuesto a un evento que fue insimbolizable en su ocurrencia, cuando se ha vivido algo fuertemente traumático, en la ocasión masacres y suplicios atroces. Y se comprende también la urgencia de tramitar estas irrupciones de lo real que no ceden a ansiolíticos ni mejoran con hipnóticos.

Tal tarea requiere dispositivos que operen sobre lo inconsciente, aunque no hay muchos; además, a aquellos que sirven siempre se les cierran las puertas, pues requieren tiempo son poco dóciles. La clínica psicoanalítica, por ejemplo, asusta porque compromete tanto como responsabiliza. De todos modos servirá todo recurso que haga reconocer los límites del orden fálico, es decir, aquello que dé paso a la pendiente vital del goce y no a la mortífera, esto es lo femenino del sujeto cualquiera que sea su anatomía.

La actividad que por excelencia da prioridad al reconocimiento de la experiencia del goce femenino es la actividad creativa. No lo profesional del arte, pues también el arte ha entrado en la dinámica fálica de legitimarse como saber comercial. Lo femenino no está en el polo del saber ni del lenguaje sino de la alteridad del ser, su singularidad, por tanto inédita y creativa. Pues la novedad no ocurre en el orden establecido sino es sus intersticios, lo nuevo sólo aparece a condición de admitir los límites del lenguaje, en el silencio fecundo que instaura la certeza de que no hay palabras que digan el propio ser y que esa dificultad, la única condición democrática entre todos los hablantes. obliga a inventar.

El lenguaje, incapaz de decir el ser, nos hace iguales. Es la superación de esa igualdad, la propia rareza o síntoma lo diferente, capaz de renovar el lazo social. En efecto, no hay palabras que digan la identidad, ni qué es hombre, niña, indio o judío, aún así, de la experiencia, de la alteridad del cuerpo revierte lo inédito: un decir poético, gratuito y suplementario, totalmente prescindible pero renovador de todo lo dicho.

Se requiere pues mucha saliva, energía cinética, escenarios y que corra mucha , pero mucha tinta, para que en este país deje de correr tanta sangre.


Notas

(1) Rancière, J. (1996) “El comienzo de la política”, en El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, p. 50.

(2) Ibíd. pp. 44 – 45.

(3) Ibíd.

(4) Cf. Nancy, J. L. (2003) “Urbi et orbi”, en La creación del mundo o la mundialización, Barcelona: Paidós, p. 29.

(5) Lacan, J. (2001) “Psicoanálisis y Medicina” en Ensayos y textos 1, Buenos Aires: Editorial Manantial, p. 92.

(6) Cf. Agamben, G. (2001) “¿Qué es un pueblo?”, en Medios sin fin, Valencia: Pre-textos, pp. 31 a 36.

(7) Rancière, J. Op. Cit. pp. 22 y 23.


Marzo 14 de 2008

Posted in Suplemento | 2 Comments »

UrVerde

Posted by serendipia on 6th abril 2009

El futuro de la comida
Pulse el enlace anterior para ver vídeo en Youtube.

VISITE EL ENLACE: MANFRED MAX NEEF, ( son dos audios distintos: abajo en verde encontrará la página “La broma” donde podrá bajar la conferencia y en la lista de enlaces en blanco lo lleva a la UNradio y debe buscar el programa de la Nacional Cultural del 16 de julio 2009).
ESCUCHARÁ EL TESTIMONIO ÉTICO Y UNA INTERESANTE ENTREVISTA SOBRE ECOLOGÍA, LA CRISIS Y LA ECONÓMICA CRIMINAL ACTUAL, ENTRE LOS ESTUDIANTES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL Y EL CHILENO, NOBEL ALTERNATIVO DE ECONOMÍA Y CREADOR DE LAS TEORÍAS DE:

1. EL DESARROLLO A ESCALA HUMANA
2. LA ECONOMÍA DESCALZA.

Conferencia de Manfred Max Neef
El economista chileno expone aquí los conceptos de su propuesta sobre una economía que permita sobrevivir al planeta.

Parto en tren en YouTube

AGUA Y RESIDUOS

Es urgente abordar dos problemas, que en el fondo son uno muy complejo: 1) La crisis ambiental, biológica, vital. 2) Los problemas sociales, políticos, la obligatoriedad que hoy ve la ciencia de cambiar sus modelos y su proceder debido a los efectos sobre los pueblos y sobre el planeta.

Nadie desmiente hoy el calentamiento global, los cambios son tan radicales, que no sabemos si ya es demasiado tarde para contrarrestarlos. Lo cierto es que los científicos ya reconocen “un punto de no retorno” al que estamos llegando, es decir, un estado en que la acción humana cambia a tal velocidad la naturaleza y le ocasiona traumatismos al ciclo vital, que rebasa su capacidad de restitución. El planeta ya descompensado no logra retornar a un punto de equilibrio ni puede regenerar lo lesionado o perdido.

La muerte de la tierra equivale, por supuesto, a nuestra propia extinción y no sólo la de las demás criaturas. De hecho, con cada desaparición de una especie, por insignificante que nos parezca, morimos un poco. La selección natural demoró no siglos, sino miríadas en producir la vida y el hombre no sabe nada de ella, pero se las ha ingeniado para manipularla, jugando con el orden vital, como un aprendiz de brujo o como un niño con un explosivo.

Pero el problema más grave es que el hombre se engaña, se miente a sí mismo para continuar procediendo del modo que le gusta, sin responder por las consecuencias. De allí las falsas ideas del reciclaje como mercado o como exclusiva actividad de quienes cumplen labores de recolección en la basura.

Nada más equivocado. Primero hay un campo de investigación muy serio, pero aún insuficientemente explorado, que es el de la función del residuo en la vida social y en cualquier operación, pues hasta las matemáticas muestran que las operaciones producen residuos, que no son nada despreciables.

El residuo es una parte ineliminable que se produce sin ser el objetivo de una operación. Por ejemplo, el calentamiento de un motor, el vagazo que resta al hacer un jugo, la viruta en una tarea de carpintería, o los residuos de la relación amorosa entre hombres y mujeres, que son, ni más ni menos: los hijos.

El residuo no es sólo inevitable sino, muchas veces deseable y más rico que el producto buscado, como en muchas ocasiones sucede con la actividad científica. El problema que lo vuelve indeseable es el tratamiento al que se le someta. Por eso surge la palabra “reciclaje”, que es el mote posmoderno de una función social que siempre ha existido, que incluye varias actividades, a saber, reutilización, transformación y creación usando como materia prima objetos que habían tenido anteriormente un uso alejado del que podrían adquirir.

Los recolectores no reciclan, pero cumplen una excelente función que permitiría el reciclaje. Éste comprende una cadena de actividades que va desde la familia o las personas que deciden qué productos consumen y cómo los consumen, luego separan o no sus basuras y las entregan para recolección. Luego los residuos quedan en manos de la administración de las ciudades y su destino dependerá de la disposición y el orden a que los sometan. Finalmente, los residuos reutilizables serán reindustrializados, mientras los orgánicos podrían restituir la vida, si se les dispone adecuadamente en tierra, de lo contrario, se convierten en fuentes de vectores nocivos para la salud y fuentes de contaminación de aire y ríos.

Todos el mundo quisiera que este ordenamiento funcionara como un reloj, pero el problema es que Bogotá produce 7.000 toneladas diarias de basura, de las cuales 500 toneladas caen a las calles. Los servicios de aseo no sólo son insuficientes sino que operan con criterios de comercio y ganancia, más que con conciencia ambiental, lo mismo pasa con los ciudadanos, quienes sólo reclaman “sus derechos” a recibir un buen servicio, puesto que lo han pagado.

Pero el desastre planetario no se resuelve reclamando derechos o peleando con los gobernantes. La vida no tiene nada que ver con nuestras, a veces estúpidas, formas de organización. La política verdadera, a seguir para sobrevivir y para enfrentar las crisis es la política de la voluntad ciudadana. (Contar la historia de Lisístrata: “la que disuelve los ejércitos”) Eso es lo que nos hemos propuesto varias mujeres de distintos barrios, comprometidas con las distintas tareas del reciclaje hasta llegar a la agricultura y la producción de nuevos frutos y semillas. Gestamos lazos sociales en nuestras comunidades y para la ciudad en coordinación con personas, activistas ambientales, jóvenes artistas, artesanos y entidades distritales como el Jardín Botánico, estatales como el Sena, o privadas como Ecopolis, Ecofondo y Fundases.

La tarea es compleja, pero todo el mundo (hasta el más pequeño) puede y debe participar en el mantenimiento de la madre tierra, nuestro único hogar. Los convidamos pues a participar de esta verdadera y racional manera de entender la limpieza, que implica entender la noble función del residuo. ¿Cómo? En su propia casa pueden asumir este reto enorme, corrigiendo los hábitos que nos están llevando al suicidio colectivo. Estas capacitaciones están dirigidas a ayudar a quien desee asumir otra forma de vida: Lo primero es separar los residuos en tres sitios como vamos a verlo en estas sesiones. Segundo, hay que hacer alianzas con recolectores que aseguren que esa separación no será vana. En tercer término, hay que acercarse al interesante mundo de la biología para ayudar a la tierra de restituir la vida a partir del compostaje con residuos orgánicos y para cultivar alimentos sanos y libres de tóxicos químicos.

Como Lisístrata, no hay que desanimar por la fuerza de las armas del belicoso, ni por el escepticismo de algunos ni por la ignorancia, tampoco por la magnitud de la empresa, recordemos que un camino de cien leguas comienza con un solo paso.



victoria_regia_kew_gardens1

Posted in UrVerde | No Comments »

A 80 años del malestar en la cultura

Posted by serendipia on 6th abril 2009

En 2009 se cumplen 70 años desde la muerte de Freud el 23 de septiembre de 1939, también se cumplen 80 años desde que escribió, su mil veces citado Malestar en la cultura, en 1929, dado al público en 1930. Al texto y a Freud mismo se les tildó de pesimistas en multitud de ocasiones, si bien la actualidad del devenir social revela más bien el realismo puro y duro del escrito, donde Freud infiere los efectos negativos sobre la economía social de no dar crédito a la economía libidinal del sujeto ni a la ingerencia de lo real desconocido en la experiencia colectiva.

La elaboración teórica de Freud sobre el malestar social tiene como soporte la escucha de la economía libidinal de sus pacientes, es decir, el testimonio directo del sujeto sobre el debate y las transacciones que tienen lugar entre coerciones e impulsos hacia su satisfacción. La solidez de ese trabajo clínico permitió a Freud resistir la tentación de admitir como solucines al malestar social las mejoras en la economía distributiva, tal como lo prometían las revoluciones de principios de siglo y también resurge hoy en fórmulas humanitarias de reforma económica. (Me refiero a propuestas tan bien intencionadas como las de John Rawls o del Nobel de economía Amartya Senn.)

Sigmund Freud


Antes de tildarla de aguafiestas, esa reserva habría podido valer como advertencia a sus contemporáneos, sobre los componentes pulsionales que llegan a expresarse en sus apuestas políticas, como lo demostraría muy pronto el nazismo, propuesta que no careció, sino más bien se justificó en su particular versión sobre lo que consideraba el bien colectivo, y que por más sorprendente que parezca, constituyó un proyecto moral erigiendo una serie de rigurosos ideales. Valga hacer notar aquí, que el Malestar en la cultura está lleno de críticas a la ética, en tanto con este término Freud designa lo que llamamos la moral, es decir, ideales y exigencias circulantes en un periodo específico de la sociedad. (Hasta el momento considero que son finalmente convenciones morales lo que constituye las llamadas ideologías, aunque quizás el carácter más sistematizado de estas, las diferencia de formas más difusas de moral cultural. Veré si surgen elementos que obliguen a modificar esta apreciación, pero si es acertada, los pronunciamientos de Freud contra la moral se revelarían más bien como críticas a la ideología imperante.)

Tanto en el Malestar en la cultura como en su escrito anterior El porvenir de una ilusión, Freud anticipa los efectos mortíferos de las voces del superyo y esboza su relación con la dinámica social expresada en la moral cultural, que da la espalda a la economía del sujeto; pero la reintroducción de este aspecto, borrado de los textos científicos y del cálculo capitalista que Marx corrigió, permite sostener que contra la masificación Freud interroga si seremos capaces de aminorar las exigencias de la moral y el borramiento del sujeto, para dar ocasión a cada uno de contar, uno por uno con su goce y con su responsabilidad en el colectivo. ¿Hay en estas advertencias contra el excesivo ascetismo que la sociedad demanda al sujeto, lo que podrían llamarse lineamientos políticos? Vale aquí recordar que tales exigencias arrecian el tono en momentos de crisis como la que actualmente atravesamos y que la condición de pobreza, hambre y desempleo en Alemania contribuyó al ascenso del nazismo al poder.

La pertinencia social de las elaboraciones freudianas aparece renovada ahora, cuando el nuevo poder se afana por uniformar el panorama social mediante un control y un orden rentables, aún al precio de criminalizar y judicializar los síntomas de los sujetos, situando a aquellos como causa y no como efecto de las relaciones sociales. Urge continuar los análisis y la caracterización de ese nuevo modo de poder, que ya no requiere vociferar para someter a sus esclavos, ya que estos admiten gustos la cotidianidad consumista y demás efectos confortables del discurso moderno, incluso si por ellos estamos ad portas de la extinción de la vida en su conjunto.

Freud no se había propuesto ser pesimista sobre el destino de nuestras sociedades, sólo constató que la pérdida de goce ocasionada por nuestra condición de hablantes, es ineliminable; pero además, que ese malestar en vez de desaparecer se agrava con las diversas tentativas del sujeto por recuperar o negar su falta, como ocurre en la carrera hacia la felicidad total del sujeto atiborrado en nuestro tiempo.

Posted in Suplemento | No Comments »

¡Hola, mundo!

Posted by serendipia on 6th abril 2009

Bienvenido. Esta página ha sido abierta con el propósito de que sirva de punto de encuentro. Vena Tinta es el nombre de la categoría que reúne temas de interés literario.  UrVerde recoge las intenciones de ir de la letra al espacio de lo perecedero y la dinámica del planeta, mientras Suplemento es un apartado creado para discurrir sobre las lógicas que gobiernan a esas extrañas criaturas  que para vivir se alimentan y producen palabras.

manfredmaxneef3

Posted in General | No Comments »

 
Gathacol.net

Bad Behavior has blocked 30 access attempts in the last 7 days.